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10 diciembre 2025

Chillán (Poema)


80 años atrás Gabriela Mistral obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Fue la primera -y hasta hoy única- escritora iberoamericana en recibir el galardón. 
Antes, en mayo de 1938, la insigne poetisa había realizado una visita oficial a la ciudad. El día 11, en medio de un acto en honor a la escritora efectuado en el Teatro Municipal, el entonces joven poeta Nicanor Parra leyó para ella uno sus poemas. Mistral aseguró: "Parra será el futuro poeta de Chile".
La relación de Gabriela Mistral con Chillán quedó expresada en escritos como el famoso Guillermo Díaz, velador nocturno y el poema póstumo Chillán.


Chillán
(Autora: Gabriela Mistral)

La ciudad de amansaderas,
curtidores y alfareros,
tiene tendones heridos
y un no sé qué de lo huérfano,
y a medio alzarse nos cuenta
de su tercer nacimiento.

El Volcán baja a buscarla
como quien busca su oreo.
Pero ella, que es mujer,
le hurta el abrazo tremendo,
y de todo tiempo dura
su amor sin aplacamiento.


Él juega en todas las rondas,
vuelto niño de su tiempo.
Da a Eduardo su romance
y a Manuel sopla sus cuentos
y a Pablo le hace cantar
su más feliz canto nuevo.

Él baja por no olvidar
la Cordillera,
la madraza araucaria,
la feria del chillanejo.


Y cuando baja, lo sigue
por la vertical del vuelo
Doña Isabel, y se adentra
por éste y el otro pueblo
donde un corro de mujeres
baila bailes de su tiempo;
y entre una y otra danza,
nos averigua si habemos
más pan, más leche y contento.
Y ahora le vamos a contar
que cunden cosas y puertos.

Doña Isabel se retarda,
Bernardo vuelve contento
y después, después, los dos
vuelven tejiendo el comento.


En la presencia callada
y viva, es el largo aliento
de uno que vive en
mundo como un sacramento
que en la caída nos alza
y en la lentitud da el vuelo.
Él frecuenta a los ancianos
y llega a los nacimientos,
y acude a las bodas
y amortaja a nuestros muertos.

Por la feria de Chillán
donde rebrillan en cercos
maíces, volaterías,
riendas, estribos, aperos,
cruzaremos sin pararnos
y azuzados del deseo,
porque la que va en fantasma
voz no lleva ni dineros.


Arden eras chillanejas.
Todo Chillán es fermento.
Toda su tierra parece
ofrenda, fervor, sustento,
y salta una llamarada
que nos da a mitad del pecho.
Ternuras balbuceamos
al Padre, oídos abiertos,
y Él mira y oye a sus tres
carrizos calenturientos.

Dejen que lo mire largo
en el último reencuentro,
que lo beba fijamente
hasta que imposible sea verlo
y que sus memorias vayan
bajando como en deshielo.


Por esta tierra que mira
con pestañas abrasadas
y unos barbechos de oro
y un trascender de retamas.

Encumbraría el Bernardo
cometas pintarrajeados,
mestizo de ojos de lino,
hombros altos, cejas bravas.


Voces de doña Isabel
venían en la venteada.
Pero tirado en maíces
el mozo oía otras hablas,
la oreja puesta en la tierra
y la vista desvariada.
A otro grito el cimarrón
apenas se enderezaba,
y volvía a dar la oreja
a la greda y a las pajas
y a lo que ellas le decían.

Doña Isabel lo quería
suyo y lo mismo la Parda,
y el Bernardo entre las dos
como un junquillo temblaba.
La Parda se lo luchaba
y de vuelta, trascordado,
las dos sílabas mascaba
y sería de esa brega
la luz que lo iluminaba.


 

25 enero 2024

Guillermo Díaz, velador nocturno (Gabriela Mistral)


Una crónica del terremoto: Guillermo Díaz, velador nocturno es un texto poético de Gabriela Mistral que rinde homenaje al joven nochero muerto en el terremoto de 1939. Anoche, en el cierre de la conmemoración de los 85 años del terremoto, fue recitado por la poeta Michelle Contreras. 


"El muchacho Guillermo Díaz, de 15 años, la noche del cataclismo hacía guardia en la planta eléctrica de Chillán.
Al venir el temblor, él escapó con otros hacia la plaza Mayor, la ancha plaza colonial, el refugio de todo el mundo.
Pero apenas había llegado, el muchacho se acordó de su guardia, pensó en las llaves de luz, vio, en su mente rápida, a Chillán ardiendo.
La tierra en torno de él, bailaba como la Ménade feroz; las calles, en momento, dejaban de serlo. Sólo la gran plaza parecía el abra de salvación. Pero el niño criollo no vio la muerte propia, que es la única que vemos todos; no sintió el tumbo de la sangre, que bate a vivir en esos momentos. No miró en el aire lleno de pueblo sino su tablero eléctrico y la manecilla de la llave matriz, dueña de la llama: el incendio sobre el terremoto.
Guillermo Díaz corrió saltando sobre escombros, corrió sin parar, ciego y lúcido; llegó a la planta, subió las escaleras, buscó el muro y dio la vuelta a la manecilla de la salvación.
Antes de que su brazo bajara, el edificio caía sobre él, como la ballena herida, en una sola masa, aplastando el cuerpo del velador nocturno.
Mucho después llegaron allí los hombres de salvataje, alzaron la ruina, hurgaron en el polvo y hallaron el cuerpo mártir. Pegado a la llave, duraba sobre ella el brazo del muchacho, parado en su gesto de salvar y morir, sin bajar, muerto y todavía fiel.
Las escenas de la noche del 24, la cinta rojinegra de estampas del temblor, los sobrevivientes las matarán en su memoria, para que ellas no los maten. Pero esta flor absoluta de heroísmo, esta simple rosa de Sarón, quedará en ellos, sobre el cogollo de la memoria, sola y llameando de vida eterna.
El brazo de coger frutas, el que iba a dar a una mujer; su hermoso brazo de vivir, quedó allí atrapado en la trampa de la muerte, limpio el gesto, la intención indudable.
Maravilloso muchacho de Chillán, carne de vigilia, niño desvelado. Tal vez como obrero nocturno iba de día a su escuela, y desfiló en aquella mañana de mayo en que la niñez de Chillán pasó bajo mis ojos. Tal vez fue uno de los que, volteándose al pasar, me dieron sus ojos, y yo lo miré un instante con fijeza, según miro lo que quiero llevarme… No sé el color de sus ojos criollos ni el de su piel, que sería mestiza, color de hombre, color de intemperie chilena.
Pero su nunca lo vi, ahora ya no importa: aquí lo tengo, vivo y a mi lado, mientras lo cuento, arcángel racial, medio rojo, medio ceniza, más recto que abatido, mástil de vida y muerte.
Está conmigo, en el aire extranjero, en tierra de otros, y con más razón lo ven en todos los rincones de Chile: está en la quebrada cordillerana cerca del volcán que le despeñó su muerte: lo verán este otoño en el huerto de manzanas de Angol; hablarán de él en los cerezales de Traiguén y en el ruedo de pescadores de Ancud. En cada mancha de niños, en toda porción de infancia chilena que huelgue o trabaje, estará con más razón Guillermo Díaz y mirará de hito al niño que lo cuenta y luego lo llora a sollozos.
Cuando Chillán haya superado su prueba: Cuando sus calles vuelvan a ser un cuadro de ajedrez ciudadano, después que se hayan levantado, airosos, la iglesia, la alcaldía, el teatro; una vez servida la necesidad que hoy nos oprime y ahoga, todos pensarán levantar en bronce andino, o en piedra de volcán, el clavel ardiendo del niño criollo, del velador nocturno de la ciudad. En bronce lo harán, por darle más ardor y será puesto a media ciudad, en la plaza de su duda y su resolución, a fin de que él siga siendo el corazón civil de su Chillán, el guardia desvelado de ojos de búho.
Los hombres oirán el nombre de Guillermo Díaz, el celador del fuego, con ese calofrío dulce que pone lo heroico; los adolescentes tendrán al velador como su espejo, y cada mujer se sentirá su madre, al pasar delante de él, al templo o al mercado.
él hizo el tránsito brusco de una sola remada, de un salto, mejor de cómo lo haremos nosotros, que poco sabemos vivir y menos todavía morir. Sabe morir el que llega sabiéndolo, el avisado, que decían los antiguos, el héroe puro, como éste…
Piedra andina del cataclismo, me quemas las manos al tomarte para verte bien, piedra común de Chile, tan oscura ayer, tan clara hoy.
Obrero con sueño de cien noches, niño de vela perfecta, de guardia estricta, pueblo puro, carne rendida ahora, duerme, duerme. Nos has enseñado un acto: la cabal vigilia, y un además: el brazo contra el fuego, sobre la llama, la mano fulminada".


(F: 24 de enero de 2024).